El conflicto mapuche en Argentina y Chile: de la nación a la excepción

Escribe Fernando Quesada, profesor de historia de la Universidad Nacional de Cuyo.

El núcleo problemático del conflicto mapuche que tiene en jaque a la Patagonia, tanto en Chile como en Argentina, radica en que es un “nacionalismo étnico” que se opone a la idea de nación cívica.

Desde hace varios años el problema mapuche viene generando conflictos tanto en Argentina como en Chile y en ambos lados de la cordillera parecen no encontrarle solución. En las coaliciones gobernantes de los dos países existen posturas divergentes sobre el “asunto mapuche”.

El partido Convergencia Social, que llevó a Gabriel Boric a la presidencia de Chile, apoya en su estatuto la creación de un “Estado Plurinacional”, es decir que pretende elevar a la categoría de nación a las diferentes comunidades de pueblos originarios que habitan ese territorio.

De este lado de la cordillera, en el Frente de Todos, existen algunos pocos defensores de un estado compuesto por varias naciones, pero lo más preocupante es que algunos dirigentes de esta alianza muestran una gran ambivalencia doctrinaria e ideológica sobre el problema y parecen desconocer la relevancia geopolítica que posee la Patagonia para el territorio nacional.

Las inconsistencias doctrinarias de las coaliciones gobernantes a ambos lados de la cordillera han generado soluciones diferentes para responder a las tensiones. Mientras que el gobierno de Boric ha reafirmado la militarización del sur de Chile, es decir ha aplicado una solución de contención mediante acciones coercitivas, el Frente de Todos ha brindado soluciones poco claras y muchos de los funcionarios que debían generar respuestas a estos problemas se han mostrado más cercanos a los grupos extremistas mapuches e indiferentes sobre los intereses del Estado que debían resguardar.

En cambio, en los sectores opositores de ambas coaliciones gobernantes en Chile y Argentina parece haber mayor consenso sobre el problema mapuche. Este se basa en designar a estos grupos como “guerrilleros” que cometen actos de “terrorismo” contra la propiedad privada y también contra instituciones estatales. La Unión Demócrata Independiente (UDI) en Chile ha realizado varias propuestas legislativas para designar como terroristas a estas minorías exaltadas. En Argentina, el Auditor General de la Nación, Miguel Ángel Pichetto, refiriéndose al ataque al puesto de Gendarmería Nacional apostado en Villa Mascardi, afirmó que “es la primera acción militar de este grupo mapuche que marca el inicio de una guerrilla rural”.

En línea con estas ideas, el analista de política y seguridad norteamericano, David E. Spencer, considera que el nuevo modo de accionar de los extremistas mapuches, atacando instituciones estatales en ambos países, los coloca “en la categoría de grupo terrorista”.

Pero las soluciones coercitivas y represivas aplicadas por Boric en Chile, las confusas y contradictorias bosquejadas por el gobierno argentino de Alberto Fernández, como también las que proponen los sectores opositores a las coaliciones gobernantes son coyunturales y con escasas probabilidades de ser efectivas, porque están atravesadas por un diagnóstico erróneo del conflicto mapuche.

El núcleo problemático del asunto mapuche no radica en las metodologías que utilizan para realizar sus reclamos -guerrilla y terrorismo- sino en la proclama de un “nacionalismo étnico” que es la idea que subyace en el concepto de Wallmapu o “nación mapuche”.

Para los defensores de estas ideas la nación es un vínculo espiritual, cultural, lingüístico y apasionado, que busca la separación territorial, el autogobierno y la fragmentación de la soberanía de dos estados nacionales, Argentina y Chile. Este ideario nacionalista reclama un territorio bastante pretencioso y extenso que abarca aproximadamente desde el río Diamante en Mendoza hasta Tierra del Fuego y desde el Océano Pacífico hasta el Atlántico. Además, posee una bandera conocida como Wenufoye.

La “nación mapuche” es una idea romántica que imagina un pasado glorioso, pacífico y comunitario. Se compone de un panteón que celebra como primer momento la larga y aguerrida lucha emprendida contra los conquistadores españoles (Guerra del Arauco) y como segundo, la derrota sufrida en el enfrentamiento contra las elites políticas que conformaron los estados nacionales del siglo XIX.

Lo contrario a este imaginario es el “nacionalismo cívico”. En este tipo de naciones, los ciudadanos adscriben a una constitución y se autoperciben en igualdad de condiciones cívicas y políticas. Tanto Chile, desde la denominada “Constitución portaliana” de 1833, como Argentina desde la Constitución Nacional de 1853, se conformaron como estados nacionales modernos a partir de una unión de tipo racional, positiva y cívico-política.

Ambas ideas de nación son “comunidades imaginadas” como decía Benedict Anderson, es decir, artilugios creados por las elites para obtener legitimidad, construir vínculos duraderos entre personas y hacer que se reconozcan en símbolos como escarapelas, mapas, himnos y estandartes.

Los nacionalismos cívicos como los étnicos no escapan de ser “inventados”, pero mientras que el primero es incluyente e igualitario y en la mayoría de los casos democrático, o por lo menos pretende serlo, el segundo se caracteriza por ser tribal, excluyente y segregacionista. Sobran ejemplos para ilustrar estos separatismos identitarios: Quebec en Canadá, Cataluña y el País Vasco en España, la balcanización de la ex Yugoeslavia, entre muchos otros.

A diferencia de los nacionalismos cívicos, los nacionalismos étnicos tienen un gran poder político, porque movilizan pasiones y emociones, generan imágenes con poder de congregación y cohesión grupal y se retrotraen imaginariamente a un pasado glorioso.

Por todos estos elementos es que los nacionalismos étnicos representan un gran problema para muchos países.

El imaginario nacionalista mapuche reúne la mayoría de los elementos anteriormente mencionados y es por esto por lo que debe ser tratado con la delicadeza cultural y la probidad institucional que se merece. No es acertado abordar el fenómeno únicamente desde una mirada punitiva. Tampoco como lo viene haciendo el Estado chileno desde la presidencia de Sebastián Piñera, recurriendo a la militarización de la región.

Mucho menos asertivo es la volatilidad de las medidas tomadas por el gobierno de Alberto Fernández, en gran parte inspiradas por sectores indigenistas, más interesados en la defensa de cuestiones identitarias que en el interés nacional.

Los nacionalismos son tan diversos como complejos y el mapuche no escapa a estas características. Su solución requiere de políticas que apunten al reconocimiento de la multidimensionalidad del fenómeno, a la afirmación de la relevancia geo-estratégica que representa la Patagonia, tanto para Argentina como para Chile, al restablecimiento de políticas culturales de reafirmación de la nación cívica y también a la aplicación de acciones transnacionales, tanto en términos de seguridad como de coordinación regional.

De lo contrario, en un futuro podríamos lamentar una escalada más violenta del conflicto y un separatismo que reclame la autodeterminación soberana de la Patagonia.

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